viernes, 5 de junio de 2020

CAPÍTULO 13. DÍAS DE PREPARACIÓN.

Basado en Hechos 9:19-30.

DESPUÉS DE SU BAUTISMO, PABLO DEJÓ DE AYUNAR Y PERMANECIÓ "por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. Y luego en las sinagogas predicaba a Cristo, diciendo que éste era el Hijo de Dios." 

Osadamente declaraba que Jesús de Nazaret era el Mesías por mucho tiempo esperado, que "fue muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; . . . fue sepultado, y . . . resucitó al tercer día," después de lo cual fue visto por los doce, y por otros. "Y el postrero de todos," añadió Pablo, "como a un abortivo, me apareció a mí." (1 Cor. 15:3,4,8.) Sus argumentos de las profecías eran tan concluyentes, y sus esfuerzos estaban tan manifiestamente asistidos por el poder de Dios, que los judíos se confundían y eran incapaces de contestarle.

LAS NOTICIAS DE LA CONVERSIÓN DE PABLO LLEGARON A LOS JUDÍOS PRODUCIENDO UNA GRAN SORPRESA. El que había ido a Damasco "con potestad y comisión de los príncipes de los sacerdotes" (Hech. 26:12), para aprehender y perseguir a los creyentes, estaba ahora predicando el Evangelio de un Salvador crucificado y resucitado, fortaleciendo las manos de los que eran ya sus discípulos, y trayendo continuamente nuevos conversos a la fe que una vez combatió acerbamente.

PABLO HABÍA SIDO CONOCIDO ANTERIORMENTE COMO UN CELOSO DEFENSOR DE LA RELIGIÓN JUDÍA, y un incansable perseguidor de los seguidores de Jesús. Era valeroso, independiente, perseverante, y sus talentos y preparación le capacitaban para prestar casi cualquier servicio. Razonaba con extraordinaria claridad, y mediante su aplastador sarcasmo podía colocar a un oponente 102 en situación nada envidiable. Y ahora los judíos veían a ese joven de posibilidades extraordinarias unido a los que anteriormente había perseguido, y predicando sin temor en el nombre de Jesús.

Un general muerto en la batalla es una pérdida para su ejército, pero su muerte no da fuerza adicional al enemigo. Más cuando un hombre eminente se une al adversario, no solamente se pierden sus servicios, sino que aquellos a quienes él se une obtienen una decidida ventaja. Saulo de Tarso, en el camino a Damasco, podría fácilmente haber sido muerto por el Señor, y se hubiera restado mucha fuerza al poder perseguidor. Pero Dios en su providencia no sólo le perdonó la vida, sino que lo convirtió, transfiriendo así un campeón del bando del enemigo al bando de Cristo. Como elocuente orador y crítico severo, Pablo, con su firme propósito y denodado valor, poseía precisamente las cualidades que se necesitaban en la iglesia primitiva.

MIENTRAS PABLO PREDICABA A CRISTO EN DAMASCO, todos los que lo oían se asombraban, y decían:  "¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los sacerdotes?" Pablo declaraba que su cambio de fe no había sido provocado por impulso o fanatismo, sino por una evidencia abrumadora. Al presentar el Evangelio, trataba de exponer con claridad las profecías relativas al primer advenimiento de Cristo.

MOSTRABA CONCLUYENTEMENTE Que Esas Profecías Se Habían Cumplido Literalmente En Jesús De Nazaret. El fundamento de su fe era la segura palabra profética. A medida que Pablo continuaba instando a sus asombrados oyentes a "que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento" (Hech. 26:20), "mucho más se esforzaba, y confundía a los Judíos que moraban en Damasco, afirmando que éste es el Cristo." Pero muchos endurecieron sus corazones y rehusaron responder a su mensaje; y pronto su asombro por la conversión de Saulo se trocó 103 en intenso odio, como el que habían manifestado para con Jesús.

LA OPOSICIÓN SE TORNÓ TAN FIERA QUE NO SE LE PERMITIÓ A PABLO CONTINUAR SUS LABORES EN DAMASCO. Un mensajero del cielo le ordenó que dejara el lugar por un tiempo; y fue "a la Arabia" (Gál. 1:17), donde halló un refugio seguro.

Allí, en la soledad del desierto, Pablo tenía amplia oportunidad para estudiar y meditar con quietud. Repasó serenamente su experiencia pasada, y se arrepintió cabalmente. Buscó a Dios con todo su corazón, sin descansar hasta saber con certeza que su arrepentimiento fue aceptado y sus pecados perdonados. Anhelaba tener la seguridad de que Jesús estaría con él en su ministerio futuro. Vació su alma de los prejuicios y tradiciones que hasta entonces habían amoldado su vida, y recibió instrucción de la Fuente de la verdad. Jesús se comunicó con él, y lo estableció en la fe concediéndole una rica medida de sabiduría y gracia.

CUANDO LA MENTE DEL HOMBRE se pone en comunión con la mente de Dios, el ser finito con el Infinito, el efecto sobre el cuerpo, la mente y el alma es superior a todo cálculo. En esa comunión se halla la más elevada educación. Es el método de Dios para desarrollar a los hombres. "Amístate ahora con él" (Job 22:21), es su mensaje a la humanidad.

EL SOLEMNE COMETIDO QUE SE DIO A PABLO en ocasión de su entrevista con Ananías pesaba de modo creciente sobre su corazón.  Cuando, en respuesta a las palabras: "Hermano Saulo, recibe la vista," Pablo había mirado por primera vez el rostro de este hombre devoto, Ananías, bajo la inspiración del Espíritu Santo, le dijo: "El Dios de nuestros padres te ha predestinado para que conocieses su voluntad, y vieses a aquel Justo, y oyeses la voz de su boca. Porque has de ser testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre." (Hech. 22:14-16.)

ESTAS PALABRAS ESTABAN EN ARMONÍA CON LAS DE JESÚS MISMO, 104 quien, cuando detuvo a Saulo en el camino a Damasco, declaró: "Para esto te he aparecido, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que apareceré a ti: librándote del pueblo y de los Gentiles, a los cuales ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados." (Hech. 26:16-18.)

MIENTRAS CONSIDERABA ESTAS COSAS EN SU CORAZÓN, Pablo entendía más y más claramente el significado de su llamamiento "a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios." (1 Cor. 1:1.) Su llamamiento había provenido, "no de los hombres, ni por hombre, mas por Jesucristo y por Dios el Padre." (Gál. 1:1.) 

La magnitud de la obra que le aguardaba le indujo a estudiar mucho las Sagradas Escrituras, a fin de poder predicar el Evangelio "no en sabiduría de palabras, porque no sea hecha vana la cruz de Cristo," "mas con demostración del Espíritu y de poder," para que la fe de todos los que lo oyeran "no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios." (1 Cor. 1:17; 2:4,5.)

MIENTRAS PABLO ESCUDRIÑABA LAS ESCRITURAS, descubrió que a través de los siglos, "no . . . muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia." (1 Cor. 1:26-29.) Y así, viendo la sabiduría del mundo a la luz de la cruz, Pablo se propuso "no conocer nada, . . . sino a Jesucristo, y a éste crucificado." (1 Cor. 2:2. V.M.)

EN EL CURSO DE SU MINISTERIO ULTERIOR, Pablo Nunca Perdió De Vista La Fuente De Su Sabiduría Y Fuerza. Oídlo años más tarde declarar todavía: "Para mí el vivir es Cristo." (Fil. 1:21.) Y otra vez: "Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida 105 por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, . . . para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos." (Fil. 3:8-10.)

DE ARABIA VOLVIÓ PABLO "DE NUEVO A DAMASCO" (Gál. 1: 17)," y hablaba confiadamente en el nombre de Jesús." Incapaces los judíos de rebatir la sabiduría de sus argumentos, "hicieron entre sí consejo de matarle." Día y noche guardaron diligentemente las puertas de la ciudad para que no escapara. Esta crisis movió a los discípulos a buscar a Dios ardientemente, y al fin, "tomándole de noche, le bajaron por el muro en una espuerta."

DESPUÉS DE HABER HUÍDO DE DAMASCO, FUE PABLO A JERUSALÉN a los tres años de su conversión, con el principal objeto de "ver a Pedro," según él mismo declaró después. Al llegar a la ciudad donde tan conocido fuera un tiempo como Saulo el perseguidor, "tentaba de juntarse con los discípulos; mas todos tenían miedo de él, no creyendo que era discípulo." Era difícil para ellos creer que ese fanático fariseo, que tanto había hecho para destruir la iglesia, pudiese llegar a ser un sincero seguidor de Jesús.

"Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y contóles cómo había visto al Señor en el camino, y que le había hablado, y cómo en Damasco había hablado confiadamente en el nombre de Jesús."

AL OÍR ESTO, LOS DISCÍPULOS LO ADMITIERON EN SU MEDIO, y muy luego tuvieron abundantes pruebas de la sinceridad de su experiencia cristiana. El futuro apóstol de los gentiles estaba a la sazón en la ciudad donde residían muchos de sus antiguos colegas, y anhelaba explicar a estos dirigentes judíos las profecías referentes al Mesías, que se habían cumplido con el advenimiento del Salvador.

TENÍA PABLO LA SEGURIDAD de que los doctores de Israel con quienes tan bien relacionado estuvo, eran igualmente sinceros y honrados como había sido él; pero no tuvo Pablo en cuenta el ánimo de sus colegas judíos, y se trocaron 106 en amargo desengaño las esperanzas que había puesto en su rápida conversión.  Aunque "hablaba confiadamente en el nombre del Señor: y disputaba con los Griegos," los dignatarios de la iglesia judaica no quisieron creer, y "procuraban matarle."  Entristecióse el corazón de Pablo. De bonísima gana hubiera dado su vida, si con ello trajera a alguien al conocimiento de la verdad.

AVERGONZADO, pensaba en la activa parte que había tomado en el martirio de Esteban; y en su ansiedad de lavar la mancha arrojada sobre el calumniado mártir, quería vindicar la verdad por la cual había entregado Esteban su vida. Afligido por la ceguera de los incrédulos, estaba Pablo orando en el templo, según él mismo atestiguó después, cuando cayó en éxtasis, y apareciósele un mensajero celestial que le dijo: "Date prisa, y sal prestamente fuera de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio de mí." (Hech. 22: 18.)

PABLO ESTABA INCLINADO A QUEDARSE EN JERUSALÉN, donde podría arrostrar la oposición. Le parecía un acto cobarde la huida, si quedándose podía convencer a algunos de los obstinados judíos de la verdad del mensaje evangélico, aunque el quedarse le costara la vida. Así que respondió: "Señor, ellos saben que yo encerraba en cárcel, y hería por las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo también estaba presente, y consentía a su muerte y guardaba las ropas de los que lo mataban." Pero no estaba de acuerdo con los designios de Dios que su siervo expusiera inútilmente su vida; y el mensajero celestial replicó: "Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles." (Vers. 19-21.)

AL ENTERARSE DE ESTA VISIÓN, los hermanos se apresuraron a facilitar a Pablo la fuga, en secreto, de Jerusalén, por temor de que lo asesinaran, y "le acompañaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso." La partida de Pablo suspendió por algún tiempo la violenta oposición de los judíos, y la iglesia disfrutó de un período de sosiego, durante el cual se multiplicó el número de creyentes. 107

Los Hechos De Los Apóstoles En La Proclamación

Del Evangelio De Jesucristo. (EGW). MHP


jueves, 4 de junio de 2020

06. ENOC.


Las Escrituras dicen que Enoc tuvo un hijo a los sesenta y cinco años.
Después anduvo con Dios durante trescientos años. En la primera parte de su vida, Enoc había amado y temido a Dios y guardado sus mandamientos. Pertenecía al santo linaje, a los depositarios de la verdadera fe, a los progenitores de la simiente prometida. De labios de Adán había aprendido la triste historia de la caída y las gozosas nuevas de la gracia de Dios contenidas en la promesa; y confiaba en el Redentor que vendría. Pero después del nacimiento de su primer hijo, Enoc alcanzó una experiencia más elevada, fue atraído a más íntima relación con Dios. Comprendió más cabalmente sus propias obligaciones y responsabilidades como hijo de Dios. Cuando conoció el amor de su hijo hacia él, 
y 72 la sencilla confianza del niño en su protección; cuando sintió la profunda y anhelante ternura de su corazón hacia su primogénito, aprendió la preciosa lección del maravilloso amor de Dios hacia el hombre manifestado en la dádiva de su Hijo, y la confianza que los hijos de Dios podían tener en el Padre celestial. El infinito e inescrutable amor de Dios, manifestado mediante Cristo, se convirtió en el tema de su meditación de día y de noche; y con todo el fervor de su alma trató de manifestar este amor a la gente entre la cual vivía.

El andar de Enoc con Dios no era en arrobamiento o en visión, sino en el cumplimiento de los deberes de su vida diaria. No se aisló de la gente convirtiéndose en ermitaño, pues tenía una obra que hacer para Dios en el mundo. En el seno de la familia y en sus relaciones con los hombres, ora como esposo o padre, ora como amigo o ciudadano, 
fue firme y constante siervo de Dios.
Su corazón estaba en armonía con la voluntad de Dios; pues "¿andarán dos juntos, si no estuvieron de concierto?" (Amós 3:3.) Y este santo andar continuó durante trescientos años. Muchos cristianos serían más fervientes y devotos si supiesen que tienen sólo poco tiempo que vivir, o que la venida de Cristo está por suceder. Pero en el caso de Enoc su fe se fortalecía y su amor se hacia más ardiente a medida que pasaban los siglos.

Enoc poseía una mente poderosa, bien cultivada, y profundos conocimientos. Dios le había honrado con revelaciones especiales; sin embargo, por el hecho de que estaba en continua comunión con el cielo, y reconocía constantemente la grandeza y perfección divinas, fue uno de los hombres más humildes. Cuanto más intima era su unión con Dios, tanto más profundo era el sentido de su propia debilidad e imperfección.
Afligido por la maldad creciente de los impíos, y temiendo que la infidelidad de esos hombres pudiese aminorar su veneración hacia Dios, Enoc eludía el asociarse continuamente 73 con ellos, y pasaba mucho tiempo en la soledad, dedicándose a la meditación y a la oración. Así esperaba ante el Señor, buscando un conocimiento más claro de su voluntad a fin de cumplirla. Para él la oración era el aliento del alma. Vivía en la misma atmósfera del cielo.
Por medio de santos ángeles, Dios reveló a Enoc su propósito de destruir al mundo mediante un diluvio, y también le hizo más manifiesto el plan de la redención. Mediante el espíritu de profecía lo llevó a través de las generaciones que vivirían después del diluvio, y le mostró los grandes eventos relacionados con la segunda venida de Cristo y el fin del mundo.

Enoc había estado preocupado acerca de los muertos. Le había parecido que los justos y los impíos se convertirían igualmente en polvo, y que ése sería su fin. No podía concebir que los justos vivieran más allá de la tumba.  En visión profética se le instruyó concerniente a la muerte de Cristo y se le mostró su venida en gloria, acompañado de todos los santos ángeles, para rescatar a su pueblo de la tumba. 

También vio la corrupción que habría en el mundo cuando Cristo viniera por segunda vez, y habría una generación presumida, jactanciosa y empecinada, que negaría al único Dios y al Señor Jesucristo, pisoteando la ley y despreciando la redención. Vio a los justos coronados de gloria y honor, y a los impíos desechados de la presencia del Señor, y destruidos por el fuego.
Enoc se convirtió en el predicador de la justicia e hizo saber al pueblo lo que Dios le había revelado. Los que temían al Señor buscaban a este hombre santo, para compartir su instrucción y sus oraciones. También trabajó públicamente, dando los mensajes de Dios a todos los que querían oír las palabras de advertencia. Su obra no se limitaba a los descendientes de Set. En la tierra adonde Caín había tratado de huir de la divina presencia, el profeta de Dios dio a conocer las maravillosas escenas que había presenciado en visión. 74 "He aquí -dijo,- el Señor es venido con sus santos millares, a hacer juicio contra todos, y a convencer a todos los impíos de entre ellos tocante a todas sus obras de impiedad que han hecho impíamente." (Judas 14, 15.)

Enoc condenaba intrépidamente el pecado. Mientras predicaba el amor de Dios en Cristo a la gente de aquel entonces, y les rogaba que abandonaran sus malos caminos, reprobaba la prevaleciente iniquidad, y amonestaba a los hombres de su generación manifestándoles que vendría el juicio sobre los transgresores. El Espíritu de Cristo habló por medio de Enoc, y se manifestaba no sólo en expresiones de amor, compasión y súplica; pues los santos hombres no hablan sólo palabras halagadoras, Dios pone en el corazón y en los labios de sus mensajeros las verdades que han de expresar a la gente, verdades agudas y cortantes como una espada de dos filos.
El poder de Dios que obraba con su siervo se hacía sentir entre los que le oían. Algunos prestaban oídos a la amonestación, y renunciaban a su vida de pecado; pero las multitudes se mofaban del solemne mensaje, y seguían más osadamente en sus malos caminos. En los últimos días los siervos de Dios han de dar al mundo un mensaje parecido, que será recibido también con incredulidad y burla.  

El mundo antediluviano rechazó las palabras de amonestación del que anduvo con Dios. E igualmente la última generación no prestará atención a las advertencias de los mensajeros del Señor. 

En medio de una vida de activa labor, Enoc mantenía fielmente su comunión con Dios. Cuanto más intensas y urgentes eran sus labores, tanto más constantes y fervorosas eran sus oraciones. Seguía apartándose, durante ciertos lapsos, de todo trato humano. Después de permanecer algún tiempo entre la gente, trabajando para beneficiarla mediante la instrucción y el ejemplo, se retiraba con el fin de estar solo, para satisfacer su sed y hambre de aquella divina sabiduría que sólo Dios puede dar. Manteniéndose así en comunión con Dios; Enoc llegó a reflejar más y más la imagen divina. 75
Tenía el rostro radiante de una santa luz, semejante a la que resplandece del rostro de Jesús. Cuando regresaba de estar en comunión con Dios, hasta los impíos miraban con reverencia ese sello del cielo en su semblante.
La iniquidad de los hombres había llegado a tal grado que su destrucción quedó decretada. A medida que los años pasaban, crecía más la ola de la culpabilidad humana, y se volvían más obscuras las nubes del juicio divino. Con todo, Enoc, el testigo de la fe, perseveró en su camino, amonestando, suplicando, implorando, tratando de rechazar la ola de culpabilidad y detener los dardos de la venganza. Aunque sus amonestaciones eran menospreciadas por el pueblo pecaminoso y amante del placer, tenía el testimonio de la aprobación de Dios, y continuó fielmente la lucha contra la iniquidad reinante, hasta que Dios lo trasladó de un mundo de pecado al gozo puro del cielo.

Los hombres de aquel entonces se burlaron de la insensatez del que no procuraba acumular oro o plata, ni adquirir bienes terrenales. Pero el corazón de Enoc estaba puesto en los tesoros eternos, Había contemplado la ciudad celestial. Había visto al Rey en su gloria en medio de Sión. Su mente, su corazón y su conversación se concentraban en el cielo. Cuanto mayor era la iniquidad prevaleciente, tanto más intensa era su nostalgia del hogar de Dios. Mientras estaba aún en la tierra, 
vivió por la fe en el reino de luz.

"Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios." (Mat. 5:8.) Durante trescientos años Enoc buscó la pureza del alma, para estar en armonía con el Cielo. Durante tres siglos anduvo con Dios. Día tras día anheló una unión más íntima; esa comunión se hizo más y más estrecha, hasta que Dios lo llevó consigo. Había llegado al umbral del mundo eterno, a un paso de la tierra de los bienaventurados; se le abrieron los portales, y continuando su andar con Dios, tanto tiempo proseguido en la tierra, entró por las puertas de la santa ciudad. Fue el primero de los hombres que llegó allí. 76
La desaparición de Enoc se sintió en la tierra. La voz de instrucción y amonestación que se había escuchado día tras día se echó de menos. Hubo algunos, entre los justos y los impíos, que presenciaron su partida; y con la esperanza de que se le hubiese llevado a uno de sus lugares de retiro, los que le amaban hicieron una diligente búsqueda, así como más tarde los hijos de los profetas buscaron a Elías; pero fue sin resultado. Informaron que no estaba en ninguna parte, 
porque Dios lo había llevado consigo.

Mediante la traslación de Enoc, el Señor quiso dar una importante lección. Había peligro de que los hombres cedieran al desaliento, debido a los temibles resultados del pecado de Adán. Muchos estaban dispuestos a exclamar: " ¿De qué nos sirve haber temido al Señor y guardado sus ordenanzas, ya que una terrible maldición pesa sobre la humanidad, y a todos nos espera la muerte?" Pero las instrucciones que Dios dio a Adán, repetidas por Set y practicadas por Enoc, despejaron las tinieblas y la tristeza e infundieron al hombre la esperanza de que, como por Adán vino la muerte, por el Redentor prometido vendría la vida y la inmortalidad.

Satanás procuraba inculcar a los hombres la creencia de que no había premio para los justos ni castigo para los impíos, y que era imposible para el hombre obedecer los estatutos divinos. Pero en el caso de Enoc, Dios declara de si mismo que "existe y que es remunerador de los que le buscan." (Heb. 11 : 6, Torres Amat.) Revela lo que hará en bien de los que guardan sus mandamientos. A los hombres se les demostró que se puede obedecer la ley de Dios; que aun viviendo entre pecadores corruptos, podían, mediante la gracia de Dios, resistir la tentación y llegar a ser puros y santos. Vieron en su ejemplo la bienaventuranza de esa vida; y su traslación fue una evidencia de la veracidad de su profecía acerca del porvenir que traerá un galardón de felicidad, gloria y vida eterna para los obedientes, y de condenación, pesar y muerte para el transgresor. 77

"Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, ... y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios." (Vers. 5.) En medio de un mundo condenado a la destrucción por su iniquidad, Enoc pasó su vida en tan íntima comunión con Dios, que no se le permitió caer bajo el poder de la muerte.  
El piadoso carácter de este profeta representa el estado de santidad que deben alcanzar todos los que serán "comprados de entre los de la tierra" (Apoc. 14:3)  en el tiempo de la segunda venida de Cristo. En ese entonces, así como en el mundo antediluviano, prevalecerá la iniquidad. Siguiendo los impulsos de su corrupto corazón y las enseñanzas de una filosofía engañosa, el hombre se rebelará contra la autoridad del Cielo. Pero, así como Enoc, el pueblo de Dios buscará la pureza de corazón y la conformidad con la voluntad de su Señor, hasta que refleje la imagen de Cristo. Tal como lo hizo Enoc, anunciarán al mundo la segunda venida del Señor, y los juicios que merecerá la transgresión; y mediante su conversación y ejemplo santos condenarán los pecados de los impíos.
Así como Enoc fue trasladado al cielo antes de la destrucción del mundo por el diluvio, así también los justos vivos serán traspuestos de la tierra antes de la destrucción por el fuego. Dice el apóstol: "Todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta." "Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo." "Porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados." "Los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas palabras." 
(1 Cor. 15:51, 52; 1 Tes, 4:16-18.) EGW. PP 78